De la montaña al asfalto: Maratón de Malta 2017

Tiempo real de 2h 48′ 44″

Llegué a Malta el sábado por la tarde después de casi tres semanas fuera para la Vallès Drac Race y los carnavales de mi pueblo, y a sólo unas horas de repetir mi experiencia en la Maratón de Malta.

La semana no había sido muy tranquila y acumulaba casi 70 kilómetros antes del domingo, así que no iba a estar especialmente fresco. Mis sensaciones eran contradictorias y mis piernas, para nada se sentían listas para un tute como el que me esperaba.

Ese cosquilleo nervioso que algunas veces me sacude antes de la salida, ese que dice algo como “Eh, somos tus piernas y estamos listas para correr” no estaba ahí.

Cené algo de pasta en uno de mis restaurantes favoritos junto a Juan, un amigo recién llegado a la isla, y me acosté a eso de las 9 de la noche con la intención de recuperar algunas horas de sueño. Logré descansar bien, cosa rara antes de una carrera, pero no sin antes soñar que me quedaba dormido y no llegaba a la salida.

Poco antes de las 5 ya estaba en pie y desayuné unas pocas galletas de cereales con chocolate mientras caminaba a buen ritmo desde mi casa hasta donde salían los autobuses para la salida.

No sabía que ritmo iba a soportar hoy, porque una vez más se repetía la historia: No había hecho entrenos a ritmo de maratón y no tenía ni idea de dónde estaba exactamente.

Pero esta maratón era precisamente eso, un test pre-temporada para ver dónde estaba y ver cuan duro iba a tener que entrenar para alcanzar la forma este año.

El viaje en bus pasó rápido, aún en la penumbra de primera hora de la mañana. Media hora de después, y ya en la ciudad amurallada de Mdina, empezaba a amanecer.

La salida ya estaba repleta de corredores, calentando arriba y abajo una hora antes de la salida. A mi, aún me parecía increíble que un rato después fuera a estar corriendo 42km de asfalto. No sentía nada, ni emoción, ni tensión…

Quizás por esa indiferencia es por lo que no me importó arriesgar en la carrera.

La sensaciones no acompañaban, pero eso me ha sucedido muchas veces y luego me han salido carreras increíbles. Así que con eso en mente, decidí probar y salir con un objetivo fijo en mente: Ir al ritmo de mejorar mi marca personal en maratón.

Ni más ni menos. Sabía que era como tirar una moneda a cara o cruz, y que en un buen día, la mitad de las veces me estamparía contra el muro, y que la otra mitad, bueno, había posibilidades de que me saliera con la mía…

Primeros 5km (18’38” – 3’43min/km)

Hoy hace frío y algo de viento, pero ya estoy acostumbrado a estas “brisas” de Malta. Hoy no me servirá como excusa…

Con la decisión de un kamikaze decido ponerme en primera línea para pegarme a un buen grupo con el que ayudarme desde el inicio. Además, sé que los primeros kilómetros son de los más rápidos y prefiero no quedarme atrás.

4 minutos antes de la salida ya estoy allí, preparándome para la que se nos viene encima, y cuando dan la salida, me he hartado de ver a los corredores que tengo a mi alrededor.

Veo a muchas caras conocidas de la escena Maltesa del asfalto. Es un país pequeño, pero sólo hay una maratón y nadie quiere perdérsela.

No hay posibilidad de que pueda competir por una posición como lo haría en una trail (aquí hay corredores demasiado rápidos para mi), así que la única competición hoy es contra el crono.

Quizás por eso, la prueba reina, la maratón, es una competición tan única. Correr durante 42 kilómetros a ese ritmo casi agónico, en el que no sabes si podrás aguantar durante lo que dure la carrera…

El asfalto es eso, exprimirte por encima de tus límites sin adornos, ni paisajes increíbles con los que distraerte o recorridos arriba y abajo que hacen de la experiencia algo más ameno.

Aquí, una vez cruzas la línea de salida, te esperan 42 kilómetros de asfalto, al mismo ritmo si tienes éxito, y sin excusa para parar un solo segundo.

Los primeros kilómetros salen rápidos, pero no me da miedo, simplemente corro como me piden las piernas y nos comemos los primeros kilómetros del recorrido hasta que hago un compañero que me acompañará los primeros compases de la carrera.

Los números de dorsal van en función de tiempos conseguidos en otras pruebas de la misma organización, así cuando me veo corriendo al lado de otros con dorsales más bajos que el mío, sé que estoy corriendo por encima de mis posibilidades. Pero me da igual. No tengo miedo. Quiero saborear esa sensación de dar todo lo posible y de que el cuerpo te pida parar. Quiero saborear esa sensación de autodestrucción.

Quizás en ese momento no lo veo así, pero ahora sé que desde el inicio quería estrellarme contra el muro y hacer de ésta, una carrera dura.

Tengo el dorsal 13. Nada puede salir mal.

Paso por la media maratón (1h21’05” – 3:51min/km)

La maratón empieza en Mdina, da una serie de vueltas que llegan a marear cerca del estadio nacional de Ta’Qali, pero no es hasta el kilómetro 25km cuando por fin ponemos rumbo fijo por una carretera larga que acaba a primera línea de mar para hacer los últimos 6km.

El kilómetro 25km es mi primer punto de referencia. Voy cansado desde el inicio y con las piernas como troncos. Aeróbicamente voy bien, en ningún momento siento que voy revolucionado o me falta la respiración, pero mis piernas no dicen lo mismo.

Me pregunto si llegaré a la media maratón, pero me centro en lo único que puedo controlar, que es en seguir corriendo y prestar atención a mi cuerpo. Pienso que tendré mejores sensaciones más adelante, como en otras carreras, pero a estos ritmos no hay posibilidad de recuperar las piernas.

Antes de llegar a la media maratón me siento tan cansado que me digo a mi mismo que podría parar y dejarlo todo ahí. Pero pienso en todo el tiempo que tardaría en llegar hasta casa después de abandonar y me da más pereza que apretarme y seguir corriendo.

Joder, no recordaba lo intenso que era correr una maratón. Hace un año desde la Maratón de Barcelona y la historia se repite, pero esta vez conscientemente, decido exprimirme a expensas de pasarme de ritmo y no llegar a meta.

Me digo a mi mismo que deje de pensar en los ritmos y en abandonar, y empiezo a pensar en que debo llegar al kilómetro 25. Es ahí cuando finalmente dejaremos de dar tantos rodeos y de girar tanto y podré coger ritmo de crucero rumbo a la llegada.

Poco antes de ese punto llega una subida de 1,1km con una pendiente de un 4%. Tengo algunos corredores delante, y a pesar de que veo como reduzco mi ritmo drásticamente, me entretiene ver como adelanto a algunos en la subida. Parece que el trail surge efecto.

Cuando superamos el repechón, las piernas me arden, pero ya se que “sólo” quedan 17 kilómetros hasta meta. En una ultra esto podría ser la distancia entre un avituallamiento y otro, así que pienso eso, que tengo que llegar al siguiente avituallamiento.

Kilómetro 30 (1h57’28” – 3’54″min/km)

Mi velocidad está cayendo en picado y a estas alturas estoy corriendo sólo. Si las maratones más grandes tienen su gracia es porque todo el recorrido tiene a gente animando y hay cantidad de corredores con los que ir codo con codo y mantener el ritmo. Aquí, el único incentivo y ayuda es esa cuerda imaginaria que me coje por el pecho y me arrastra hasta meta.

Hace siglos que he aceptado esa sensación de piernas y simplemente tengo la mente en blanco, quiero alcanzar el km 30 y así saber que sólo quedan 12km hasta meta. Un entreno sencillo me digo.

Últimos kilómetros hasta meta

En un par de pequeñas subidas, siento que voy tan lento, que me planteo ponerme a caminar.

No siento que esté avanzando pero me armo de paciencia y decido que soy el único que puede decidir cómo acaba esto.

Esta historia acaba cruzando la meta.

He jugado mis cartas y no he ganado la mano, pero aún puedo ganar la partida si logro acabar. Mi orgullo como corredor se corrompería en el momento en el que no lo diera todo. No voy a parar sólo porque no consiga una marca imaginaria que tenía en mente antes de la salida.

No quiero convertirme en esa clase de corredor. Pero te juro que cuesta no rendirse.

Cuando finalmente llegamos a Valleta y pongo los pies en la carretera que serpentea por la costa hasta meta, sé que ya está hecho. 6km y todo acabará. He corrido demasiadas veces por y aquí y sé exactamente dónde estoy. Sé cuando va acabar esto y cómo.

No consigo hacer ningún kilómetro por debajo de 4min/km y alguno se me va incluso a 4’29”.

Por suerte, esta parte si está más animada que toda la anterior y si no fuera por eso, hubiera hecho algunos minutos más.

Hace rato que no miro el reloj porque sé que es inútil, lo único que haría sería hundirme más en mi miseria. Pero en ese esfuerzo y esa lucha que tengo, ya por sólo acabar, no por hacer una marca en concreto, empiezo a saborear lo que busco en el correr, la satisfacción de exprimirte cuando crees que no puedes más.

La lección es que siempre tenemos fuerza para dar un paso más. El truco es engañarse constantemente a dar un poco más, y más, y más, y más…

Falta menos de 1km para meta y mi amigo Juan Pablo me grita a lo lejos. Le distingo por su voz porque sin gafas no reconozco su cara. Levanto los brazos como diciendo “¡Vamos!” y paso por su lado. Su cara es un espejo de la mía, ve que voy reventado y acaba de darse cuenta. Pero ya da igual… está hecho.

Sé que ya no queda nada más, sólo unos metros que no significan un verdadero esfuerzo, porque todo empieza a endulzarse.

Me siento más ligero, el ritmo no cuesta de mantener, las piernas no duelen y esa oscuridad en la que he estado sumergido casi desde el principio, empieza a desaparecer. Veo la luz a sólo doscientos metros y no puedo evitar sonreír.

No pretendo engañarte. Parece una carrera dura, miserable, en la que no he hecho más que sufrir desde el inicio y sin buenas sensaciones. Ni siquiera disfrute del ambiente o del recorrido. Me pareció más dura que el año que la corrí por primera vez, pero aún así ha sido una carrera especial.

Nunca antes había tenido más claro que venía precisamente a esto. Venía a endurecer el temple, a luchar contra la tentación de parar y mantener ritmos, que según van pasando los kilómetros, se hacen más y más duros.

42,195 metros que ayudan a profundizar en uno mismo. A sacar lo mejor y lo peor de cada uno. Pienso en todas esas veces en las que echo en falta poder exprimirme así en un entreno, y cuando ahora tengo la ocasión, la de sentir que estoy apretando y no puedo más… la saboreo.

Esos últimos metros son el último bocado de un plato delicioso de 2 horas 48 minutos y 44 segundos. Y cuando cruzo la meta, sé que no ha sido mi mejor maratón, pero que tal y como la he corrido, la considero un verdadero éxito.

Tiempo casi parecido a la de Barcelona y con 4kg de más, no es un mal resultado. Si a eso le sumo que es la segunda vez que quedo primer Español en la carrera y he hecho top 10, no puedo más que sonreír por el resultado.

Cuando cruzo, una vez que sé que no tengo que correr ni un metro más, tengo ganas de llegar a casa y mirar que otra maratón puedo correr pronto, una que me permita llegar a la salida sin haber olvidado la experiencia de ésta.

Las opciones que barajo: Maratón de Madrid de aquí a algo más de mes y medio o Maratón de Vitoria de aquí a dos meses.

Nunca, nunca… es suficiente. Me encanta esto.

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