No todos los días se puede correr rodeado de tantos amigos y tantos ánimos. No todos los días se puede tener buenas sensaciones y sentir que tienes el control de la carrera. No todos los días puedes correr disfrutando de cada sendero y paisaje. No todos los días se puede liderar una carrera desde el inicio y acabar cruzándola en primera posición. No todos los días se puede conseguir todo esto… Pero hoy si era ese día.

Llevo días con malas sensaciones, siendo poco estricto con lo que como y en general, con un mal pronóstico para lo que se refiere a esta carrera. Dos días antes incluso se me pasa por la cabeza no correr o correr la de 25k porque creo que quizás los 47 kilómetros se me van a hacer muy largos.

Vaya, las típicas dudas y nervios antes de una carrera.

Tenía muchas ganas de correrla desde hace tiempo. El año pasado, al correr la Transgrancanaria, no pude hacerlo.

El primer gran motivo es que correré rodeado de amigos, porque los equipos que la organizan, Filirun y Trail Penedés, son buenos amigos desde hace mucho tiempo. Luego está el gran plus de correr por el Montmell, una montaña peculiar, muy árida, técnica y con un aire especial, casi mágica. Según la historia del lugar, hubo grandes batallas entre estas piedras.

Cuando vengo por esta zona y corro con los primeros o últimos rayos de luz, pienso en fantasmas y en que algún día me enfrentaré a algo sobrenatural.

Como decía, no vengo nada convencido a correr, pero me quito las historias de la cabeza recordándome dos cosas. La primera es que tengo 47 kilómetros por delante, lo que serán entre 5 o 6 horas para poder correr si la cosa va bien, y no hay nada que me motive más que la posibilidad de correr durante horas.

Podría ser justo lo contrario. Más horas, mayor esfuerzo. Pero a veces es justo lo contrario. Para mi más horas es más aventura y más diversión.

Lo segundo que me digo es que hoy la intención, además de disfrutar del día, es probar cómo han ido los entrenamientos de la pretemporada y que hoy sólo es eso, una pequeña aventura para ver qué tal funcionan las piernas antes de la primera ultra del año.

Luego la idea es sacar conclusiones y trabajar aquellos puntos que creo que me faltan.

En la salida me despido de mi chica, que correrá hoy la de 25 kilómetros. Me voy hacia meta acompañado de Pau, runrocker y gran ultrero. Nos reímos en la salida y nos mentalizamos para la que se nos viene encima. Un día “corto” según como se mire, aunque a estas alturas de la temporada es de los “largos”.

Me contagia su ánimo. Me empiezo a venir arriba.

El speaker lleva tiempo hablando y empieza a motivar al corral. Con la música de fondo me empiezo a tararear la canción del Último Mohicano, como si volvieramos a la Plaça Porxada en Bagà.

Se me eriza el pelo y enciende el fuego interior, y con ellos las ganas de correr.

¡Arrancamos!

En los primeros metros recorremos las calles del pueblecito de la Juncosa. No me importaría venirme a vivir aquí algún día, entre viñas y alejado del frenesí del día a día de los pueblos o ciudades más grandes. Adelanto a algunos corredores y con un ritmo natural empiezo a adelantar a los corredores de las primeras filas. De ahí en adelante empiezo a correr a mi ritmo.

Evalúo las piernas y la sensación de pesadez y rigidez de ayer durante la activación han desaparecido. He desayunado poco, lo justo, unas tortitas de arroz con mermelada y un café. Quizás por eso voy más ligero. Me lo quito de la cabeza.

Sergio, un compañero del club de tri, nos guía con la BTT los primeros cientos de metros, saliendo del pueblo, por la primera pista de subida y hasta el primer sendero en pleno Montmell.

Excepto en algunas ocasiones, que se me cruzan los cables y decido arriesgar desde el inicio (y que normalmente suele acabar mal), empiezo a correr de manera conservadora y gestionando en todo momento. Hoy parece que marco el ritmo desde el inicio pero no siento que vaya forzando en absoluto. Pienso en que en cualquier momento me pasarán algunos corredores y por fin podré correr tranquilo y empezar a recortar tiempo según pasen los kilómetros si las cosas van bien.

También pienso en las sensaciones de hace tres semanas durante algunos entrenos, en las que con 2kg menos notaba que volaba corriendo cuesta arriba. Ahora la sensación no es mala, pero me noto menos ágil y menos reactivo.

Sea lo que sea, haré lo que esté en mis manos.

Nunca se sabe como acabará una carrera así, pero después de la última carrera de montaña de la temporada pasada, en la 5 Cims, tengo claro que hoy quiero acabar entero. No quiero llegar molido y tardar dos semanas en recuperar.

Es no significa precisamente no correr al máximo, lo haré si se da la ocasión, sino que en lugar de correr de una manera más emocional y guiado por el ritmo de otros corredores y como se pueda desarrollar la carrera, quiero correr gestionando el ritmo en todo momento y sobretodo, con esa agradable sensación de fluir que tengo cuando llevo el ritmo correcto. Los kilómetros vuelan, y aunque hay fatiga acumulada, me siento cómodo y con ganas de correr durante horas.

Después de cuatro o cinco kilómetros en los que vamos corriendo arriba y abajo, tenemos la primera gran subida del día, la que cruza de lado a lado la sierra del Montmell. Según me voy acercando, espero poder andar en algún lado para ir relajando las piernas, pero no doy con ese pendiente de subida que me excuse para ponerme a andar. Casi todo es corrible aunque no para de subir. Es sólo en la parte superior de la subida cuando toca ponerse a andar para regular.

La bajada se hace igual de rápida y con buenas sensaciones, aunque el estómago empieza a darme problemas. Como la dieta de los últimos días ha distado mucho de ser perfecta, lo he notado en cuanto a ir al baño se refiere y cuando llevo un rato corriendo, me oprime mucho esa zona sin conseguir que realmente me entren ganas para hacer una parada de emergencia.

Hoy tampoco llevo música y no voy pensando en gran cosa. Sólo me imagino quién será el corredor que llevo por detrás, a muy pocos segundos, y en la posibilidad de que si no me han adelantado ya, aunque las sensaciones digan lo contrario, o me estoy pasando de ritmo o ellos están corriendo al mío, lo cual es mucho mejor. La música normalmente es una gran ayuda, pero decido no recurrir a ella para poder apreciar cada detalle del día.

Después del primer calentón en esa subida, las piernas se sienten ágiles bajando y me choca la diferencia con la sensación de aplatanamiento de los días pre-carrera. Como muchas veces digo, no necesariamente hay que tener buenas sensaciones antes de una gran carrera y cuando así es, quizás es que llegues demasiado descansado o con poco entreno.

Paso por el primer avituallamiento sin coger nada, ya que muy pronto, en el km 13 hay otro y había calculado hacer la primera parada ahí. Es el kilómetro 8, pero he salido cargado hasta arriba, así que por tiempo y kilómetros no necesito más.

Pero toca afrontar la segunda subida del día antes de llegar al siguiente avituallamiento. Cruzamos algunas viñas y un par de zonas muy rápidas y toca empezar a subir de nuevo. Conforme vamos subiendo, miro hacía atrás y sólo se ve la niebla y un día muy gris, pero que con aquel paisaje, lo hace encantador, casi mágico.

Esa niebla que lo envuelve todo hace que haya mucha humedad en el ambiente. Llevo los pie encharcados por el rocío de la hierba. La tierra está humeda, blanda y resbaladiza a veces. Y todas las piedras resbalan bastante, especialmente las de la cresta del Montmell.

Las zapatillas que llevo ya van algo justas de taco y para mis adentros pienso en que aún quedan casi cuarenta kilómetros por delante y decido ir con cautela pasando por toda esa zona. Así que con eso en mente, jugueteo algo más con el terreno y los pasos se vuelven más cortos, con más cadencia, subiendo y bajando las piedras que a la vista parecen que tienen más adherencia. Evitando aquellas que brillan más con los pocos rayos que penetran en ese día gris.

Un par de resbalones más tarde y alguna incursión entre los arbustos llego a la corta bajada previa al primer avituallamiento, en la Iglesia de Sant Miquel del Montmell. Ahí me acuerdo de mi chica y lo que se divierte bajando por senderos como este, empinados y con cuerda incluida para ayudar a no resbalar. Pienso en ella y en cómo le irá. Espero que tenga un gran día y disfrute tanto como yo hoy.

Una vez abajo, ahora sí, primera parada del día. Ahí me encuentro a Jordi y a otros amigos Filirun. Recargo bidones lo más rápido que puedo y ¡a correr! Justo cuando yo salgo, llega por detrás el otro corredor que en este primer tramo va a segundos detrás mío. Lo suficiente como para que cada uno corra a su ritmo y no haya visibilidad entre nosotros.

Saliendo del avituallamiento del kilómetro 13

Con los primeros trece kilómetros en la mochila, toca ir a por el siguiente sector, que da la vuelta a la parte más alta del Montmell.

Después de un pequeño repechón correteo por un sendero de bajada en la cara norte, el que lleva al famoso Pi de Tres Branques, al inicio de la subida a la cresta.

Esta subida empina bastante y toca empezar a utilizar las manos en alguna ocasión para ayudarme y no cargar tanto las piernas.

Cuando llego a la loma del Montmell, empieza a desaparecer toda la niebla mística que nos ha acompañado desde el inicio y se dejan ver los primeros rayos de sol, que iluminan con intensidad entre las nubes. “Hoy va a ser un día único” pienso. “El Montmell nos está regalando su cara más bonita”. Pero si de despeja del todo, también vamos a pasar calor y eso ya no me gusta tanto.

Al llegar a la Talaia del Montmell, el punto más alto del recorrido (861m), está Gerard animando con su perro. Me dice que los tres primeros vamos bastante distanciados del resto, aunque a esas alturas, intento no pensar en la carrera en sí, sino en ir escuchando al cuerpo y disfrutar de lo que tenemos por delante.

Acostumbrado a correr con música, sobretodo en carreras más largas, hoy escucho a mi alrededor, los pasos que doy, el roce con los arbustos silvestres y el sonido de las muchas rocas deslizarse bajo mis pies, porque si algo abunda en esta zona, son las piedras, en las que es muy difícil correr sin tener que poner tu pie de mil maneras diferentes y que me hace añorar algunos de los terrenos mullidos del Pirineo. Correr por allí es mucho más fácil.

Cuando llego a la cruz del Montmell, la panorámica es brutal. Levanto unos segundos la vista mientras corro y empiezo la bajada. Es ahí cuando conozco a la figura del Pere Montserrat, el corredor que venía por detrás desde hacía rato.

La cruz del Montmell y los restos del Castillo del Montmell

No lo conocía hasta ahora, pero recorta esos segundos de diferencia que había entre los dos y esa abrupta bajada que tenemos desde la cruz hasta abajo nos sirve para ponernos un poco al día. Se hace agradable poder hablar y compartir un rato con alguien más, y más sabiendo que queda más de un 60% de la prueba por delante.

Tenemos amigos en común y me explica que el es nativo de Vendrell aunque lleva tiempo viviendo por la zona de Barcelona. Hablamos del calendario de este año y de sus próximas carreras. En su caso la siguiente es la marató de Vall de Ribes. Tres años llevo ya por allí y repetiría si no fuera porque me coincide con otra este año. Le digo que el recorrido y ambiente es espectacular. Correr por Ribes de Freser, la Serra Cavallera y sus alrededores. Durante unos segundos no pienso en la bajada que estamos haciendo y me traslado mentalmente a esos paisajes.

Llegamos abajo casi sin darnos cuenta y un poco más adelante, después de corretear por por un sendero en el lateral de la montaña, nos empezamos a distanciar de nuevo en la cuarta subida del día, la que lleva de nuevo muy cerca de la parte más alta del Montmell. Al acabar la carrera me comenta que tuvo bajonazo en ese punto y es que, cuando no es uno, es otro. El mío llegaría un poco más adelante.

En la descenso vuelvo a encontrarme con Gerard y su perro, que vuelve a darme referencias, y encaro la bajada que debería llevarme al siguiente avituallamiento unos kilómetros después, en la Ermita de Sant Marc.

A medio camino cruza una carretera donde está Miguel Àngel, de Trail L’Arboç, y finalmente una subida que va haciendo poco a poco hasta el AV3.

Llegando allí me encuentro a Lidia, a Sting y a otros amigos. Tienen montado ambientazo y eso levanta aún más el ánimo. Es también el primer punto en el que me meto algo en la boca, en este caso algo de membrillo. Relleno bidones y como en el anterior avituallamiento ¡a volar!

Pero al salir, en lugar de tener a Pere, me encuentro por detrás a Kike, otro amigo y buen corredor que corre hoy. Me desubica la situación durante unos segundos porque no entiendo que le ha pasado a Pere, que iba en segunda posición. Así que pienso que seguramente Kike venga de menos a más y venga con ganas de subir el ritmo.

En este tramo hasta Aiguaviva, decido subir un punto e intentar empezar a marcar algo de diferencia si es posible. Estamos casi en el ecuador de la carrera y como había planeado mentalmente, mi carrera empezaba en Aiguaviva, en el kilómetro 28. Es allí, a falta de veinte kilómetros para el final, donde esperaría marcar un buen cambio de ritmo si las piernas lo permitían.

Sin embargo las cosas no salen del todo así. Nunca todo sale según lo planeado. Es la primera gran lección que aprendes cuando llevas algunas ultras a las espalda. La segunda lección es… Bueno, mejor la dejo para otra crónica.

Total, que del AV3 al AV4 en Aiguaviva es una zona mucho más blanda y rápida. Se deja correr casi sin querer y es el terreno más amable del Montmell con diferencia. Es en este punto cuando me topo con Miguel y Lauren, en una trialera de bajada, con un cencerro enorme armando un buen escándolo.

De lejos, al escuchar la campana, no pienso en alguien animando, sino en algún animal en medio del camino. No es la primera vez que he tenido que hacerme paso entre vacas o ovejas en medio de una carrera, así que empiezo a gritar para empezar a espantar a los animales. La sorpresa es cuando los veo en medio del camino. ¡Qué grandes!

Cuando llego a Aiguaviva la carrera empieza de verdad. Me encuentro a otro amigo, Gerard de los Filirun, que está en el avituallamiento. Relleno un bidón y me dispongo a afrontar la última parte de carrera. Me sigue unos metros mientras vamos hablando y me despido para afrontar la última parte de la carrera.

Mentalmente divido este trozo en 2.

El primero hasta Coll d’Arca, el avituallamiento 5  del kilómetro 36, y el segundo de ahí a meta. Otro 12 kilómetros más. Escrito parece fácil pero en la práctica son lo que para mi son las subidas más cañeras del día.

La primera es la que corona en el Puig Cabirol, poco antes del Coll d’Arca. La subida hasta ahí es corta pero intensa y muy cerrada por la vegetación. Los arbustos casi te abrazan en todo el tramo y el terreno está muy húmedo y resbaladizo. Más gracioso aún es el paso por una cueva a medio camino como punto de control, que lo hace sorprendente a la vez que interesante.

En esta subida noto que aunque el ritmo ha sido el adecuado, me he quedado justo de agua y comida, porque aparecen algunos amagos de rampa. Digamos que eso hace que salten las primeras alarmas.

¿Debo preocuparme? ¿Voy bien de fuerzas? Echo cuentas mentalmente y aunque he parado en todos los avituallamientos, no he cargado lo suficiente y comido lo necesario. La clave de una carrera así es ir bien hidratado y gestionar la nutrición en carrera, pero si fallas estrepitosamente, la carrera se te puede ir al garete.

Es en este punto cuando aborto la idea de intentar marcar diferencia con los otros corredores, y hago lo justo y necesario para acabar, a ser posible sin ser pasado. No creo que haya errado el ritmo, de hecho he ido bastante holgado, pero debería haber metido más combustible.

Cuando llego al Coll d’Arca los de Trail Penedés tienen una buena fiesta montada y la sensación al pisar aquellos metros es que ya está todo casi hecho.

Salgo de ese avituallamiento hacia la pista de subida de enfrente y de ahí, una larga bajada que va picando poco a poco.

Tras esa larga bajada, viene una subida en la que en la parte superior toca crestear una ladera que permite ver a la izquierda el siguiente avituallamiento. Desde donde estoy, aunque aún está a un par de kilómetros, puedo escuchar a dos amigos que están allí animando.

Cuando llego allí, empiezo a vislumbrar la posibilidad de que quizás gane la carrera. ¡Menudo estreno de temporada sería!

Pero ganar o no, la gran satisfacción es haber llegado hasta aquí, los entrenos del día a día y el disfrutar de la carrera como lo estoy haciendo. Con ningún altibajo emocional o de energía y con un ritmo muy constante desde el inicio. Me imagino corriendo ágil y constante durante horas a este ritmo. Es este estado de trance o fluir que he nombrado antes lo que consigo hoy y busco cuando corro.

Al llegar al AV6 en Santsuies, me cantan que le llevo 10 minutos al segundo, lo que me hace cambiar el chip y al contrario de relajarme hace que tenga ganas de sacar algo más de tiempo por si las moscas.

Pero aunque no quiero acabar haciendo sólo lo justo por acabar, tampoco quiero llegar reventado a meta sin sentido, así que como en toda la carrera… Decido seguir con el mismo ritmo de crucero hasta arriba.

Esta subida, es quizás la más empinada de todo el día y me acuerdo de Jordi, un amigo y runrocker que me la enseñó hace unas semanas… ¡pero de bajada!

Tiene mucho más gracia subiendo que bajando y cuando llego arriba, empiezo a notar las piernas más machacadas. Esta subida hace mella. A lo lejos veo a Leo, otro Filirun, y un poco más adelante la Torre del Guaita, lo que marca la última bajada a meta.

Esa bajada normalmente la haría volando, pero la realidad es que no voy tan sobrado y tropiezo un par de veces porque uno de los cuádriceps juega a enramparse cuando quiere. Relajo las piernas, me maldigo por no haber bebido y comido más, y aún así logro disfrutar de la bajada.

Se hace más amena porque acabo cruzándome con más corredores de la de 25k con la que compartimos final. Cuando llego al inicio del torrente, toca saltar de piedra en piedra y vuelvo a recuperar agilidad en las piernas.

Hacía el final me topo con otros corredores, uno de los cuales se sorprende y le grita riendo a su compañeros “¿De dónde ha salido éste?”.

Ese comentario hace que me levante una sonrisa y con ella afronto corriendo la última subida a meta, ese último repechón que hace cruzar la carretera del pueblo y finalmente me lleva al asfalto de las calles del Montmell.

Veo el último giro a la izquierda antes de meta, y ahí me sorprende Jaume, otro compañero del club de tri que entreno, que se baja del coche para acompañarme unos metros. ¡Ya está hecho!

Me choca la mano y último giro a la izquierda. La meta está a lo lejos, delante de mi.

No sabría decirte bien bien en lo que pienso. Creo que en nada, como durante gran parte del rato que corro. A veces pienso en cómo me encuentro, otras veces en la situación de carrera, pero otra veces sólo soy yo en ese preciso instante, disfrutando del presente y de lo que me rodea. Esos últimos metros son 100% AHORA.

No son los más importantes ni los mejores, pero si los saboreo enormemente.

Al acercarme a meta coincido con otro corredor, que va a cruzar con su crío, y después de pasar él, consigo levantar la cinta de mi primera victoria en la Filirun Marathon Trail Penedés.

Joder. Ha sido un gran día.

Veo a Iñaki, organizador y presidente de los Filirun, y le doy un abrazo. Poco después a mi chica y a varios amigos más que están por allí, como Paula y Miriam.

Dicho y hecho, primer objetivo de la temporada superado con creces. No puedo pedir más.

Pero más que felicidad, es pura satisfacción, no algo muy diferente a lo que siento cuando completo un buen entreno. De hecho, superar una línea de meta así, sólo me hace pensar en que queda mucho en lo que seguir mejorando. Soy bastante exigente en este sentido.

Disfruto mucho en el día a día con lo que hago y el resultado de una carrera no me provoca, excesiva felicidad si ha ido muy bien, o deprime si ha ido mal. Lo que si lo hace es saber que lo he hecho lo mejor posible dadas las circunstancias que haya.

Esto hace que valore mucho más el poder entrenar cada día, el hacer de esto algo que pueda hacer hasta la vejez si mi cuerpo me lo permite y sobretodo, el de tener la oportunidad de compartirlo con gente que quiero y aprecio, con mi pareja, mi familia y mis amigos.

Esto es el principio del 2020, pero la temporada es larga y aún quedan muchas aventuras por delante. Espero, que en la próxima, disfrute tanto como en ésta y como siempre pueda dar la mejor versión de mi mismo.

Gracias por leerme y llegar hasta aquí.

Nos leemos en la siguiente carrera o nos vemos por las montañas.

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