Crónica: Corriendo la Ultra Montseny 2018


Escribo esto, a falta de 6 horas para mi próxima ultra, la Penyagolosa CSP. De hecho, estoy escribiendo esto mientras me tomo algo en una cafetería con vistas a lo que es la feria del corredor. En 22 minutos empieza la charla técnica para la que es la primera ultra de más de cien kilómetros de esta recién estrenada temporada 2018.

Sin embargo, no quería dejar pasar la oportunidad (ni olvidar) la increíble experiencia que fue correr una carrera como la Ultra Montseny. Había escrito una crónica nada más acabar, que debe estar perdida por algún rincón, pero prefiero volver a revivir la aventura entera contándotela de nuevo…

Nota: Normalmente dedico un rato a repasar lo escrito y pulirlo. Digamos que esto es el borrador de lo que sucedió y me dejo mucho detalle, pero ando nervioso por la que me espera esta noche en Castellón.

Antes de Ultra Montseny

Tengo muchas cuentas pendientes con muchas carreras. Carreras que no fueron como esperaba, o fueron terrible mente mal. Carreras en las que pese a ir bien, siento que podría haberme estrujado más o disfrutado aún más. Y otras carreras, que simplemente, son tan alucinantes y disfruto tanto corriéndolas que tengo que volver a ellas una y otra vez.

Por desgracia, esta carrera era de las primeras, de las que fueron rotundamente mal. En el 2017 fue la primera ultra del año y pese a tenerla en mente desde hacía tiempo, llegué a ella con una preparación muy escasa. Quizás no tanto por kilómetros, si no por desnivel.

Empezó la carrera y decidí tomármelo con mucha calma. Tenía muchos corredores delante y la idea era correr a medio gas, pero la realidad fue que no tenía acelerador alguno y que no tenía piernas para semejantes desniveles. La carrera me puso en mi sitio treinta y pocos kilómetros después de empezar.

Tras acabar, decidí ponerme las pilas y las cosas cambiaron los siguientes meses, pero esa «derrota» supuso un cita ineludible para el 2018. Me conformaba con acabarla, pero mi mente empezó a maquinar y la realidad fue otra.

El inicio de esta nueva aventura

Carmel y Nadia, dos amigos y corredores que entreno, están conmigo haciendo la carrera. Es su primera larga del año también y aunque con objetivos diferentes para los dos, los tres nos enfrentamos a la misma aventura. Por otro lado, Henri, estará haciéndome de soporte en los avituallamientos, lo que significa que tendré a alguien que me recuerde que debo beber y comer más de lo que normalmente lo hago.

Mi idea es poder acabar esta carrera y quitarme ese mal sabor de boca del año pasado. Me convenzo de que eso es suficiente para sentirme satisfecho, pero la realidad es que empiezo a pensar en conseguir un top5. Me digo que si lo consigo, será una muestra de que estoy haciendo bien las cosas y de que voy por buen camino para la temporada que me espera.

El día antes me creo un poco más que pueda estar ahí, de conseguir ese top5, pero ya se sabe como son estas carreras. Son muchas horas y cualquier cosa puede pasar. Quizás me falten kilómetros, quizás me sobre peso, quizás me falte desnivel… No lo sé, joder. «Vamos a probar. Vamos a disfrutar y sobretodo, vamos a acabar» me digo a mi mismo para convencerme.

Al final, en lo más profundo de mi ser, lo único que quería era acabar y hacerlo con buenas sensaciones. Sentirme bien. A la mierda los tiempos y los resultados. Tantas veces son tan… tan abstractos. ¿De qué sirven si no para compararse con otros cuando lo realmente importante sería ver cómo de rápido o de fuertes hemos sido capaces de correr?

Son las 6:00am.

Hace un frío del carajo aunque nada comparado con la carrera de hace dos fines de semana en Borredà, con algunos tramos en medio de la nieve. ¡Ufff! Aún recuerdo esa ducha de agua fría al llegar.

Empiezo a ver mucha cara conocida y aún medio adormilado, aunque llevamos despiertos desde las 3 para desayunar, me escondo debajo del buff a modo de máscara. Decido no llevar música así que hoy, el ritmo lo marco yo. Quiero saborear todo el día de hoy al máximo. Correr tranquilo, disfrutar de mi alrededor.

Y después de pasar el control de material y situarnos en la salida… cuenta atrás y ¡Zassss! ¡Empieza la aventura.

«Carlos, por favor, cabeza. Hoy toca acabar. Recuerda la promesa que te hiciste.»

Esa promesa, que intentaré cumplir con todo mi ser, será acabar todas las carreras que corra de este año. El año pasado hubo tres, una de ellas esta, que me dejaron la espinita por no finalizarlas. Físicamente sí, pero sobretodo mentalmente, al perder la motivación por un tiempo o resultado determinado. Este año no.

Los primeros kilómetros son en medio de la noche y siguiendo a otros corredores en medio de la nada. Digo nada porque sólo veía sus pies y la más espesa negrura a mi alrededor. Tenemos varios kilómetros subiendo y conforme pasan los minutos el barullo de corredores se va difuminando y dejamos de correr en pelotón para correr en fila y luego nos vamos encontrando con más espacio entre nosotros.

Casi al llegar arriba de la primera subida del día me encuentro con Alex Urbina, un corredor que conocí y con el que entré en meta en Borredà, la carrera de hace dos fines de semana. A partir de ahí, seguimos juntos dos o tres kilómetros mientras bajamos y hablamos de los planes para este año. Parece que coincidiremos bastante.

En la primera bajada me noto agarrotado, llevamos unos 10km y no me siento del todo suelto, pero como la filosofía es otra no me preocupa. Ni si quiera se me pasa por la cabeza pensar en lo que tengo por delante. En mi mente sólo hay una cosa: Qué es demasiado pronto para pensar en competir o pensar en posiciones o similar.

En la primera parte de la bajada nos alcanzan dos corredores más por detrás y yo en una larga pista, decido relajar las piernas e intentar alejarme de ellos. En esa bajada quizás se me va un poco el ritmo pero bueno, una vez abajo tenemos una larga subida al Turó del Home con unos 1200 metros positivos en 6km.

Llego abajo y al cruzar un pequeño río, ¡zas! Torcedura en al tobillo. Empiezo a maldecir a todos y todo y corro con un dolo acolchado durante unos minutos más. Pienso en lo que supone esa molestia sostenida durante varias horas… ¡un infierno! Pero me tranquilizo y simplemente hago aquelloq ue he venido hacer, correr y disfrutar. No hay opción de parar así que… adelante.

Hemos pasado las últimas dos noches donde estoy justamente ahora, en Montseny Suites, unos apartamentos muy cerca del aviatuallamiento en Montseny, kilómetro 16 de la carrera. Desde ahí es todo subida hasta el Turó del Home y es agradable pensar que ya ha caído la primera subida de las 5 grandes subidas de hoy, así que sólo faltan… 4.

Veo a Henri en el avituallamiento y ya con los bidones en las manos cambio la bebida y salgo de allí volando intentando perder el mínimo tiempo posible. En esta subida, vuelvo a conectar con otro amigo y corredor referente como es Adrià Matas. Lo veo de azul a lo lejos y muy cerca a otro chico de naranja. Después de unos buenos minutos, mi ritmo subiendo es quizás más rápido o fuerte que el suyo, pero les doy caza y consigo ponerme por delante, aún sin tener idea de en qué posición nos encontramos.

La sopresa esa que en la parte final de esa primera subida, puedo ver muy a lo lejos, casi acabando ya esa interminable subida, a otros tres corredores muy juntos. Uno de verde, otro de blanco y otro de negro. En cierta manera eso da un punto de motivación porque veo que otros corredores de delante aún no están tan lejos y no nos han sacado tanto tiempo.

Al llegar arriba lo hago, joder, muy bien de piernas y con muy buenas sensaciones comparado a la primera subida. Las vistas mientras subimos son impresionantes y como la pendiente no deja hacer otra cosa que andarla lo más rápido posible, hay algo de tiempo para mirar a tu alrededor y maravillarte mirando donde estás metido.

Al llegar arriba, empeiza una parte con subes y bajas algo pedregosa y finalmente una bajada muy muy picada en su inicio, con nieve, hielo y bastante piedra. No me encuentro muy suelto y tampoco quiero reventar tan pronto, así que bajo con mucha calma.

A los de delante ni los veo y de repente, tanto Adrià como el otro corredor de naranja, pasan volando por mi lado y en cuestión de segundos… los pierdo literalmente de vista.

«¿Dónde coño están? ¡Joder, no puede ser que se me vayan tan rápido!»

Intento no perder mucho tiempo más, pero la verdad es que los veía volar encima de las piedras cuando mis sensaciones bajando eran las de un tanque arollando con todo lo que se encontraba a su paso.

Finalmente llego al avituallamiento de Sant Marçal, kilómetro 27 y con las dos primeras grande subidas del día a la espalda. «Un tercio de carrera» me digo. «Calentamiento hecho, pero calma».

Llego al avituallamiento, Henri vuelve estar allí esperando y en unos pocos segundos salgo de allí volando. Puede parecer una chorrada, pero saber que tienes alguien ahí, aunque sólo sea para 15 segundos es… joder, MAYÚSCULO.

En la siguiente subida, de unos 400 positivos, corta pero intensa, conecto nada más salir del avituallamiento con Adri y el otro corredor. Continuamos subiendo y al llegar arriba poco a poco vamos logrando dar caza a dos corredores que teníamos por delante. Primero al corredor de negro, luego al otro y finalmente a Carlos Matel, el corredor que había ganado la Ultra Montnegre Corredor en Febrero. Lo reconozco porque también lo vi en la Vallés Drac Race poco después de Montnegre.

Desde arriba del todo, queda una larga bajada hasta más o menos el ecuador de carrera, kilómetro 42 en Viladrau. En algunos punto toca subir un poco y siento como las piernas piden clemencia. Pero aún así, aún con las piernas cargadas como las tengo, me siento fuerte. No quizás ágil o ligero, más bien pesado, pero fuerte.

Adrià no se me escapa tanto en esta bajada como en la anterior y aunque no vamos juntos, lo tengo ahí delante, a lo lejos, dentro de mi campo visual. Finalmente, quizás a un kilómetro antes de llegar a Viladrau, intercambiamos la que es la tercera frase del día. No mucha charlar a pesar de llevar kilómetros juntos.

«¿Qué, cómo vas?» me dice. Y yo le contesto algo como «Haciendo, aún nos queda mucho».

He estado haciendo cálculos y si en Sant Marçal paso en 8ª posición, ahora debemos ir 3º y 4º. Y le digo… «Ahora la pregunta es ¿A cuánto debemos tener el segundo?»

«Aún queda mucho» me dice. Y es cierto, pero en aquel momento, para mi los kilómetros que quedan no me parecen tanto. Sin embargo, cuando hago la cuenta, otros 34km más, me asusto un poco. Eso son unas cuatro horas más de carrera. Media carrera vaya.

Continuamos corriendo juntos un rato más y ya tocando el asfalto de Viladrau, le pregunto a una mujer con la que nos cruzamos si hace mucho que ha pasado el otro. Nos dice que no mucho y nos confirma las posiciones que tenía en mente. 3º y 4º.

Desde ahí, en una carretera de bajada, decido apretar un poco y en lo que va de carrera ya no vuelvo a ver a Adri.

Justo antes de llegar al avituallamiento de Viladrau alcanzo al segundo y la adrenalina ya corre por mis venas. El cuerpo, en las últimas horas se ha ido calentando poco a poco y no se si despertando de su trance o justo lo contrario, entrando en trance de lleno. ¿Sabés ese estado que algunas personas le llaman flow o fluir? Ese en el que estás tan concentrado en lo que haces que lo demás no importa, pues así llego a Viladrau. Una sensación de calma absoluta, pese a que mi corazón latía a toda pastilla.

Veo a Henrietta por tercera vez en el día y se vuelve a repetir lo mismo. Busco su cara a lo lejos, no veo nada más, cargo bidones y cojo algo de comer del avituallamiento y salgo de allí como pollo sin cabeza escuchando por detrás. «¡Animal, que vas segundo!» en tono de sorpresa. «Ya, ya ya» le digo.

Salgo corriendo de Viladrau y reconozco el lugar porque fue el último avituallamiento en el que esperamos a Dani el año pasado mientras él acababa su ultra. No puedo evitar pensar en él y aquel día, y sonreír. También en Angel, Neus y Olga, con los que pasamos el día.

Dos subidas más por delante. La primera de ellas, ahora.

Desde aquí empiezo a encontrar más gente en medio del camino. Algunos caminantes y poco a poco, empiezo a ver a corredores de la trail de 34km que salía de Viladrau cuatro horas después que nosotros. Eso, de alguna manera, hace amenizar la carrera pese a tener que ir pidiendo paso constantemente. Sin embargo, la gente, al verme pasar me va dando ánimos y podrías pensar que no, pero ayuda mentalmente.

Hay una pareja que veo en medio del camino y les pregunto si hace mucho que ha pasado «el otro». Me dicen que a unos 10 o 15 minutos. «¿Pero más 10 que 15?» les digo. «¡Unos 15, 15!».

«Bueno, mira donde estás, venías a por un top 5 y te encuentras en segunda posición… Calma Carlos, ¡va! Paciencia. No la cagues. Calma.»

La subida la hago sin más pretensión que guardar las piernas e intento no forzar lo más mínimo. En mi cabeza está la idea de que si tengo que apretar o forzar la máquina tiene que ser a partir del kilómetro 53, en la última subida del día.

Cuando llego arriba, continuo pasando gente en la bajada y voy extrañamente feliz. Estoy disfrutando y al comparar ritmo con los otros corredores que me voy encontrando, voy viendo que francamente llevo un buen ritmo. Suelto algún grito aquí y allá porque bajando, consigo tener muy buenas sensaciones y lo estoy pasando como un crío. «Joder, soy feliz. De verdad, soy feliz aquí y ahora, haciendo esto. Tengo suerte»

Llego al avituallamiento de Collformic, kilómetro 53, y veo a Henri por última vez. Cojo tres o cuatro trozos de membrillo, dos de los cuales entran casi sin tragar. El tercero, con las manos pringosas y llenas de tierra y dulce, me lo como poco a poco saboreandolo. El cuarto, me lo guardo en un bolsillo de la mochila pringándolo todo.

Nunca dije que correr fuera un deporte limpio. Entre sudor, sales, mocos, barro, sangre, membrillo y vete tu a saber… digamos que es, como decía antes, volver a ser críos. Correr por montaña te da la libertad de volver a hacer el cabra y de sentirte libre, y no sólo eso, sino de cansarte hasta reventar mientras te diviertes…

Larga bajada por delante y entre todo el follón de corredores, a lo lejos, veo a un corredor que me va guardando la distancia. Es decir, mientras que a los otros corredores voy pasándolos al ritmo que llevo, él sigue más o menos a la misma distancia.

«¿No fastidies? ¿Serà el primero?» me digo.

Continuo corriendo y poco a poco se va acercando. Intento no machacarme mucho y menos quedando tanto, pero después de un par de minutos ya estoy con él.

«¡Hola!» dice Alberto. Me mira extrañado y luego «¿Eres de la ultra?» suelta con sorpresa. Y le confirmo que así es. Joder, creo que no me esperaba.

Continuo a mi ritmo y un par de metros por delante de él. Llegamos a un punto en el camino en el que hay un rebaño de ovejas y dos corredores de la trail dando la vuelta. Un pastor gritando y Alberto y yo sin entender muy bien que coño pasa. No quería que pasaramos, supongo que por si asustábamos a los animales. ¿Pero que quería que hicieramos, que nos quedaramos allí unos minutos esperando o qué?

Los otros dos corredores les espetan «¡Pero que son de la ultra!» Y yo, que normalmente tengo paciencia, después de unos segundos de incertidumbre, hago oidos sordos y corro despacio en dirección a los animales y haciéndonos hueco entre ellas. Alberto me sigue.

Al salir de aquel embrollo nos miramos y nos reímos de la situación, y bueno. seguimos corriendo, que para eso veníamos ¿no?

Y finalmente llegamos a la última subida del día.

En mi cabeza, esa subida es sólo un pequeño repechón que hay antes de continuar bajando, pero parece que el tiempo ha pasado volando y hemos llegado a la última ascensión casi sin darme cuenta. Poco después de empezarla, miro atrás y ya no le veo.

Es ahí cuando, ni corto ni perezoso, decido no adormilarme y me muevo algo más ligero para intentar marcar algo de diferencia en esa subida. La subida a más de uno se hace larga, pero para mi en aquel preciso instante no pensaba en nada más salvo en una cosa: «No pierdas el tiempo, estás a apunto de acabar».

La adrenalina vuelve a correr por mis venas y siento de nuevo esa sensación tan agradable de paz, aún con el cansancio acumulado y la fatiga en las piernas. Las piernas no quieren moverse desde hace kilómetros pero la mente es lo que las fuerza a hacerlo. Nada más.

«No pierdas el tiempo, ¡va! ¡va!» me digo a mi mismo. Estos últimos kilómetros de la carrera están siendo preciosos y el paisaje es alucinante. El cielo, totalmente plateado y lleno de nubes, una brisa fría y la hierba verde verde verde intenso que contrasta con todo lo demás. La piel fría, pero la camiseta empapada de sudor.

Finalmente llego al que es el último avituallamiento de la carrera y si mal no recuerdo, paso por allí sin tocarlo. Desde ahí queda una serie de toboganes arriba y abajo encima de la loma de la montaña y finalmente unos 11 o 10 kilómetros de bajada a toda castaña.

En cada pequeño repechón cuesta arriba, de verdad, echaría a andar. Las piernas piden parar, pero no puedo hacerlo, estoy a punto de acabar. ¿Cómo vas a ser capaz de no darlo todo ahora que queda tan poco? ¿Vas a ser capaz de no luchar por acabar de dar tu 100% cuando casi ya lo tienes?

Y con eso en mi cabeza, me convenzo de que vale la pena seguir corriendo en esos pequeños tramos aunque mi ritmo parezca muy lento en comparación al ritmo que llevaría otro día estando fresco.

Y finalmente, llego al descenso final y con sólo algo en la mente: «No dejes de correr, no te duermas. Ya lo tienes. No pierdas tiempo o te darán caza. No puedes confiarte ahora».

Y por primera vez en toda la carrera, miro el reloj y el tiempo que llevo y también el ritmo al que estoy bajando. Me veo corriendo en algunos tramos a 3:15, 3:30 y 4 poco en los tramos más complicados. «No cedas minutos Carlos, ya lo tienes»

En la bajada coincido con bastantes amigos y conocidos, entre los cuales está Enrique, un amigo que en cuanto le reconozco gritando «¡Enriqueeeee!» se gira y nos ponemos a gritar los dos mientras continuamos bajando.

Poco después de eso, llega un campo verde y llano con el pueblo de Cànoves al fondo. «¡Ya está! ¡Ya está!»

Las piernas o la mente, siguen respondiendo y sigo corriendo, no quizás al máximo, pero si a un ritmo alto para llevar algo más de 8 horas corriendo arriba y abajo. Finalmente, un pequeño repechón y piso asfalto.

Ahí está David, que en aquel momento no conocía, encima de una bici y esperando para guiarme en los últimos metros a meta por las calles de Cànoves. Un minuto después estoy plantado delante de la alfombra que lleva a meta y sin saber muy bien que pensar… Joder, cruzo la meta con la mayor de las satisfacciones, poder haber acabado con semejantes sensaciones.

Una vez allí, resoplando por el esfuerzo, empiezo a ver las caras de amigos, de Henri que ha estado apoyándome todo el día arriba y abajo ¡Mil gracias! Y la de tantos otros conocidos.

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