Asalto a las Dolomitas: Crónica de mi Lavaredo Ultra Trail

Desde que vi a Anton Krupicka cruzar la meta de Lavaredo en 2014, sabía que algún día u otro iba a correrla. Al ver en imágenes aquellos paisajes no podía evitar preguntarme si si semejante belleza era real o cosa de la edición. No tenía otra opción. Si quería comprobarlo tenía que ir allí, correr la carrera y verlo con mis propios ojos, así que a finales del 2017, mientras corría con Carmel y Nadia la Cavalls de Vent, pactamos lo que sería el asalto a esta carrera.

Sin embargo, algo sucedió que cambiaría todos mis planes.

Después de retirarme en el km 70 en la Penyagolosa CSP en Mayo, un fuerte dolor en los pies y una tendinitis en la rodilla izquierda, me dejó magullado entre tres y cuatro semanas, con poco o nada de entrenamiento y cambiando totalmente los planes que tenía para esta carrera. Quería llegar bien preparado y con la impresión de que podía hacer un buen papel, de que iba a poder exigirme todo y acabar con un gran resultado para mi estandar, pero tuve que bajar mis expectativas y decidí que si no iba a llegar en forma, como mínimo iba a dedicar Junio a machacarme semana tras semana.

Así que cayeron varias carreras, algunas las tenía en el calendario y otras no, con la simple idea de dejarme llevar, disfrutar y aunque con dorsal, dejar la presión a un lado y tomármelo como entrenos de kilómetros en alucinantes paisajes, rodeado de amigos y visitando lugares nuevos. De hecho, esta filosofía no debería ser muy diferente a la habitual.

Con este planteamiento corrí varias carreras antes de esta: el 2 de Junio corrí Els Bastions Trail con 70km y +4700m (4ª posición), el fin de semana siguiente una cicloturista de 2 días y 253km +5200m, el 16 de Junio volví a participar en la Garmin Team Trail de ultimísima hora gracias a Isaac (esta vez por parejas) y no sólo corrimos, si no que nos machacamos a base de bien durante 200km y conseguimos una primera posición. Y la semana siguiente… bueno, la semana siguiente tocaba Lavaredo.

Ahora ya estás en situación de todo lo que pasaba por mi cabeza antes de la carrera…

Asalto a las Dolomitas

Salida a medianoche del viernes y llevamos desde las 9 aproximadamente en el centro de Cortina d’Ampezzo, desde donde da la salida la carrera. Dos cafés caen antes de empezar en un pequeño bar escondido de la multitud. Estamos Nadia, Carmel, Mark y su chica, todos malteses menos yo. Hace frío y dan posibilidad de lluvia durante esta noche. No me preocupa, de hecho, pese a ser 120 kilómetros me da la impresión de que no va a ser una carrera complicada.

Las carreras en las que más confiado voy son las peores. Las ostias son más grandes cuando uno se confía, prefiero empezar hecho un saco de dudas y nervios.

Ya estoy en el cajón de salida y saludo a varios amigos. Está por ahí Alex Urbina, Isaac Riera, Paulo Batista. A mi lado tengo algunas de las chicas que darán guerra hoy. Emma Roca por delante y a mi lado dos o tres americanas, entre las que está la ganadora Kelly Wolf.

Empieza la cuenta atrás y se me eriza el bello de todo el cuerpo. Me siento listo y con ganas de kilómetros, pero que me pregunten si tengo tanta «hambre» cuando lleve más de media carrera corriendo…

La salida es bastante rápida, desde la calle principal a rebosar de animación hasta el inicio del primer sendero a tres kilómetros desde donde empezamos. Decido empezar tranquilo y cantidad de corredores me pasan. No quiero gastar ni una bala antes de tiempo y menos cuando voy a pasarme más de medio día corriendo por las Dolomitas como un muñeco arriba y abajo.

Los primeros 34 kilómetros hasta Federavecchia pasán rápido y a un ritmo constante, sin machacarme demasiado y sin ganar o perder posiciones. Vengo avisado por Paulo, que la ha corrido antes, que la primera parte es muy corredera y que luego puede pasar factura, así que intento regular. Esta primera parte comparto kilómetros con algunas de las primeras chicas. Con Nuria Picas hasta su retirada, con Fernanda Maciel un rato más tarde y también con Mira Rei.

Las sensaciones hasta ahora no son muy buenas, simplemente son. Estoy corriendo, que ya es mucho. Me noto las piernas bastante pesadas pero doy por sentado que los kilómetros de las últimas semanas me dejarían unas piernas como estas, sólo espero que un poco más tarde logre encontrar ese «trance» en el que logro entrar en muchas carreras y que hace que las piernas vuelen solas. Ese momento nunca llega.

En los siguientes 15 kilómetros, de camino a las emblemáticas Tre Cime di Lavaredo, se empiezan a complicar las cosas, de hecho hay varias cosas que hace rato me tocan la moral y que desde el buen inicio de la carrera hasta el final, la carrera se convierta en una lucha de superviviencia más que una competición.

A uno de los bidones que llevo se le ha reventado la boquilla y no deja de chorrear agua fría por todo el pecho y el pantalón. En la subida al refugio de Auronzo voy caladito y los 0ºC no ayudan. Luego, el isotónico que normalmente utilizo, esta vez es de otro sabor y lo aborrezco después de beberme los primeros bidones. El cuerpo me pide algo sin sabor y no consigo beber más durante toda la carrera. Adiós sales y adiós calorías. Tampoco me apetece nada dulce así que me paso los siguientes 90 kilómetros con lo único que me apetece de los avituallamientos: sopa caliente y avellanas.

En la subida a Auronzo y las tres cima de Lavaredo hace mucho frío. Como tantos otros, voy con la camiseta de manga corta y en el último tramo corro cuesta arriba sólo para intentar calentarme. Mientras aguanto ese frío, empiezo a replantearme si realmente me apetece seguir corriendo o pararme allí. Son las seis de la mañana y hace un rato ha empezado a amanecer. La estampa es alucinante pero el frío no me deja disfrutarla como me gustaría. Llevo seis horas corriendo.

Entro a la carpa cerrada del avituallamiento y veo a la mujer de Paulo y a las chicas de Alex y Crispín que están allí haciéndoles soporte. Hoy su ayuda y ánimos suponen un gran apoyo para mi. ¡Mil gracias! Alex ya ha pasado por allí y Paulo y Crispín aún no. Me dicen que Paulo le debe faltar poco por llegar, así que decido darme un respiro, me quito la idea de la cabeza de acabar allí (¿qué excusa tengo, que estoy cansado? ¡Joder, a esto vengo!») y les digo que le esperaré para salir juntos. Llego congelado. Me ofrecen algo de sopa y me caliento las manos. Hace mucho frío. Me meto el primer plato de sopa y voy a por el segundo. Es la primera vez en carrera que tomo sopa o algo caliente. Espero un poco más y pocos minutos después llega Paulo. Dejo que se avitualle y salimos de allí juntos.

Toca subir algo más por una pista en la que pega fuerte el viento, pero por suerte ahora llevo puesto el impermeable para protegerme un poco más del frío. Las manos, son mi gran punto débil, incluso en situaciones de calor están congeladas, pero hoy, directamente no las siento y cuando intento cerrarlas son como agujas clavandose en ellas.

La bajada la hacemos a buen ritmo y adelantamos a algunos corredores. Entro en calor y aunque la temperatura sigue siendo muy baja, me quito el impermeable. Casi abajo, nos encontramos con Alex. Lo veo a lo lejos y le saludo, tiene la cara desencajada y los ojos llorosos. Me dice que lo ha pasado muy mal por el frío y que ha pegado un buen bajón. Le animo a continuar y empezamos a charlar los tres. Intento hacerle hablar para que se vaya animando y le digo que en nada llegamos al ecuador de carrera. Allí podrá darse un tiempo, recomponerse y continuar.

Vamos corriendo al mismo ritmo pero después de un rato, poco a poco se va quedando atrás y aunque por segundos nos vamos distanciando. Cuando llegamos al Lago di Landro le llevamos un par de minutos por detrás. Allí me encuentro con Dan Withehead, un americano que conocí a través de Instagram y que lleva todo el mes en Italia preparando la carrera.

Llegamos juntos a Cimabance, kilómetro 67, después de casi 8 horas. A este ritmo vamos a por las 16 horas o menos de carrera. Casi sin pretenderlo, si mantenemos el ritmo (que no será fácil) habremos conseguido un resultado más que bueno. En carrera, lo comentamos un par de veces pero lo cierto que la carrera, con tanta gente buena por delante y detrás, hace que te olvides totalmente de la competición y vayas en busca de tu meta y de tu tiempo.

En el avituallamiento, tanto Laura, Noelia y Helena nos echan una mano. Relleno bidones, unas pocas golosinas y avellanas. Definitivamente, insostenible. El pajarón se aproxima. En ese momento uno no se da cuenta. Estás tan metido en carrera que cuesta controlar todo, es por eso que algunas veces tener a alguien haciéndote de soporte facilita las cosas. También me cambio las zapatillas, cosas que no hago nunca, pero los pies vuelven a dolerme como en Penyagolosa. No es normal, pero hoy no hay abandono posible.

Antes de salir de allí llega Alex, bastante demacrado. No tiene buena pinta pero intento animarle. Le digo que se de un tiempo y se recomponga, que ya lleva media carrera.

Salimos de allí y encaramos lo que parece la parte final de carrera. En el siguiente ascenso pasamos a Dan, y al que también se le ve bastante mal. Los kilómetros empiezan a pasar factura. Paulo y yo vamos de subidón en ese momento y los kilómetros pasan rápido. Los cincuenta y tantos kilómetros que quedan por delante me parecen incluso «un entreno más».

La bajada la hacemos con Emma Roca, que iba por delante de nosotros. La pasamos y en el siguiente avituallamiento pasa sin parar. Poco más adelante volvemos a compartir kilómetros con ella y subiendo hacia el Refugio Col Gallina la dejamos atrás.

Poco a poco pero sin cesar hemos ido pasando a otros corredores a buen ritmo pero llega un momento en el que noto que empiezan a faltarme fuerzas (más de lo habitual). La subida, por un terreno rocoso cruzando varias veces el cauce de un rio, se me hace muy pesada y tampoco favorece a mis pies, que cada vez me duelen más. Todas las molestias se acumulan y se hacen un todo. Muchos pasos se convierten en una mueca de dolor. Empiezo a venirme abajo.

La subida la hacemos dándonos relevos Paulo y yo, pero cuando llegamos arriba, en la bajada Paulo empieza a distanciarse y yo simplemente, en una bajada ancha donde otro día habría volado, no puedo correrla bien. No es la falta de fuerza, ni las piernas, son los pies. Me están matando.

Me pasa Emma poco después y un par de corredores más. La siguiente subida hasta el avituallamiento la hago arrastrándome y totalmente vacío. Hace un rato que estoy meando sangre, imagino que por una deshidratación severa. Pero pese a eso, pese a llegar destrozado, tengo clarísimo que hoy vengo a cruzar la línea de meta. No venía a competir, venía a ser finisher pasase lo que pasase y a recopilar experiencias como esta. A crecer como corredor.

Noelia y Helena están allí animando y haciendo de soporte. Me ven llegar y me animan un poco. Me voy a buscar algo de sopa y tengo clarísimo que necesito darme un respiro. O 5 minutos o una hora, lo mismo me da.

Cojo un plato de sopa caliente, aún con el calor que hace ahora y me voy a tumbar a un prado que hay enfrente del avituallamiento. Me tomo el plato y una chica que no conozco se ofrece a traerme otro. Me tumbo y cierro los ojos. Todo me da vueltas. Parece que haya salido de un tiovivo, me hayan dado unas zapatillas y me hayan echado a correr en medio de las Dolomitas.

No sé cuanto tiempo pasa, pero no es mucho, menos de 10 minutos seguro. Pienso que tal como estoy, si me quedo mucho más rato allí no voy a poder arrancar. Moverse es vida. Moverse es vivir. Moverse es acabar.

Me pongo de pie, aún mareado, voy en busca de algo de CocaCola y salgo de allí corriendo como buenamente puedo. Me armo de paciencia y me digo, que da igual el ritmo. Me concentro en dar un paso. Luego otro, y otro, y otro.

Los siguientes 25 kilómetros hasta meta pueden parecer pocos después de los 96 kilómetros que llevo en las piernas, pero se hacen más largos que las casi 13 horas que llevo corriendo. Quizás no soy objetivo por las condiciones en las que estoy, pero sobre el papel, esas subidas engañan, se hacen mucho más largas de lo que parecen.

En la primera subida, camino al Refugio Averau, empiezo a escuchar por detrás a alguien resoplar y resoplar. «¿Qué colgado está corriendo ahora así después de 100 kilómetros?» pienso para mis adentros. Me giro y veo a Zach Miller, corriendo cuesta arriba a lo que le dan las piernas, primer corredor de la maratón (hoy consigue el récord de la prueba). Poco después le sigue un italiano, también a muy buen ritmo y más elegante corriendo. Zach es más como una apisonadora en medio de la montaña.

Empiezan a pasarme más corredores de la maratón y también varios de la ultra. Poco antes de llegar arriba me pasa Marcel Zamora y compartimos «impresiones». Nos damos ánimos y a seguir. Al llegar arriba, en el avituallamiento hay cerveza y vino. Agua con gas también. Un corredor polaco que me alcanza se mete un vaso de cerveza, y por un momento me siento tentado, o a catar el vino. ¿Qué más dará? Pero pienso en las tres o cuatro veces que he meado sangre de camino hasta aquí y me relleno los bidones con agua con gas. Por mucho que beba, no me recupero.

La cuesta abajo, también rodadora, apenas puedo trotarla por el dolor de pies. Más y más corredores me pasan, de la maratón y de la ultra. En algún momento llego a estar el 51º, pero me da la impresión que ya debo ir el 200. La verdad, sólo es un inciso dentro de todo lo que pasa por mi cabeza. Hace rato que aunque sufriendo como lo estoy haciendo, sé que voy acabar. Paso tras paso voy haciendo.

La siguiente subida es el Paso Giau. Me habían dicho que era algo técnica y suplico porque que no haya que grimpar o algo parecido, porque no se si voy a tener fuerzas para pasar sin caerme. Pero aunque empinada y totalmente vacio, la cosa no se me hace muy larga y puedo ir haciendo.

Vuelvo a suplicar, pero esta vez para que la bajada no sea tan empinada como la subida, porque no se cómo voy a bajarla. Pero cuando llego arriba, mis deseos se cumplen y tengo ante mi una zona mucho más afable, cuesta abajo pero bastante corrible arriba y abajo. Poco a poco empiezo a coger ritmo y sólo me pasa algún corredor de la maratón. Alcanzo a alguno de la ultra también.

Veo el final muy cerca, aunque aún queda dos horas o más.

Paso el avituallamiento de Mondeval después de otra subida y ya pongo la mente en el avituallamiento que hay en el refugio Croda Da Lago, a 10 kilómetros de meta. Desde ahí, todo es cuesta abajo.

No se de dónde, porque todo duele mucho y apenas tengo energía, pero la idea de que pronto acabará todo y lograré cruzar la meta hace que me intente olvidar del dolor y correr más rápido de lo que podía hasta ahora. Hace horas que acepto el dolor y el sufrimiento. ¿Por qué coño corremos? ¿Para sentir esto? ¿Estamos locos? Mientras corro cuesta abajo, destrozado, creéme cuando te digo que estoy pensando en volver aquí otra vez. Hoy acabaré y volveré el año que viene o el siguiente a buscar mejores sensaciones.

Hay carreras en las que todo sale rodado y aún con el esfuerzo físico, el cansancio y el dolor, te sientes poderoso. En cambio hay otras, como hoy, en los que todo cuesta el triple, nada sale bien y no te sientes bien en ningún momento de la carrera. Cuando acabas pese a todo eso, es casi más satisfactorio que cuando todo sale bien y logras un gran resultado.

Llego al último avituallamiento y decido no parar. No llevo agua para la última hora y llevo mucho sin comer nada, pero no hay manera de que vaya peor de lo que voy ahora. Decido no perder ni un minuto más y los kilómetros que quedan, algunos muy corribles y otros menos, por el barro o el desnivel, los hago al ritmo más rápido que puedo, dando no menos del 100% (o lo que en ese momento percibo como el máximo). Cada zancada, amplia y rápida es una mueca de dolor, pero de satisfacción por estar un poco más cerca de la meta.

El chip competitivo vuelve a aparecer y corro lo más rápido que puedo para pasar a otros corredores, de la maratón y de la ultra. Es mi último homenaje a Lavaredo. Son mis últimas gotas de sudor.

Cuando finalmente piso asfalto y ya veo el campanario de Cortina en el horizonte, sé que ya está hecho. Sigo corriendo lo más rápido que puedo y encaro la última subida del día, una calle de no más de 100 metros cuesta arriba. Corro y corro y llego a la calle peatonal del centro. Está repleto de gente que no deja de animar a un lado y a otro. Las terrazas están a rebosar. Acabo corriendo a lo que me dejan las piernas y finalmente… cruzo meta.

Después de todo, finalmente cruzo meta. No me creo que todo haya acabado. Miro atrás y veo el enorme arco de Lavaredo. «Ya está, todo ha acabado» me repito.

Voy en busca de algo para beber y un sitio donde sentarme, y de repente, sin saber porqué, empiezo a llorar. No es de felicidad, ni tampoco tristeza, es todo el esfuerzo contenido de las últimas horas. Y aunque lo intento, no puedo parar. Agacho la cabeza para que nadie me vea y vuelvo a ser nuevamente un crío. Joder, joder.

«Ya está, todo ha acabado» vuelvo a repetirme.

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