El asedio a los Bastiones

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Empiezo a escribir esto el día después de semejante carrera mientras me como unas merecidas bravas y una cerveza bien fría. Creo que aún no soy consciente de lo sucedido y tardaré días en procesarlo.

Fueron 8 horas de carrera (y 3 minutos) pero todo pasó extremadamente rápido. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puedo decir que 8 horas pasaron rápido? No lo sé, sólo puedo excusarme diciendo que fueron muy intensas.

¿Donde va nuestra cabeza mientras devoramos kilómetros y subimos y bajamos enormes montañas? ¿En qué pensamos durante tantas horas mientras corremos? Para mi sigue siendo un misterio.

Hay pocas carreras que haya repetido varias veces pero Bastions tiene un encanto especial. Tiene una mezcla de dureza y paisaje espectacular que me atrae de sobremanera. La Vall de Ribes se siente cada vez más como un segundo hogar aunque todo empezó hace sólo tres años.  Desde entonces, mi amor por esta zona y sus bastiones sigue creciendo.

En la primera ocasión la cosa salió bastante mal. En la segunda ocasión, el año pasado, las cosas fueron mucho mejor. Fui de los pocos afortunados en cruzar la meta viviendo una de las granizadas más heavys que he vivido hasta ahora. Y este año… Bueno, este año ha sido otra historia, pero déjame que te lo cuente desde el principio.

Preparando el asedio

Llego el jueves a Ribes de Freser con el tiempo suficiente para descansar todo un día antes de la carrera. Por las calles aún no se ve ambiente pre-carrera, todo lo contrario que el viernes, cuando el pueblo empieza a llenarse de corredores provenientes de todos los rincones. Entre ellos hay muchos amigos que, o bien es su primera vez o que como yo, deciden repetir esperando poder acabarla sin un tormentón de por medio…

La mala noticia es que desde el jueves llueve de forma intermitente y todo apunta a que volverán a repetirse las condiciones. Parece un déjàvu del año pasado. Pero en esta ocasión estoy mentalizado. Después de cómo acabé el año pasado, sería difícil pasarlo peor.

En el briefing nos dicen lo que esperábamos: Se modifica el circuito original de las dos pruebas más largas, la Ultra y la Trail (que yo corro), dejando mi carrera en 13 kilómetros menos para un total de 63km y +4444m.

Recuerdo que el año pasado me alegré al conocer la noticia de que correríamos menos kilómetros pero este año es todo lo contrario… tengo hambre de pasar horas corriendo.

Nada más acabar el briefing me voy a cenar a la furgoneta con Javi y Carlos y rompiendo con los esquemas, consigo acostarme antes de las once de la noche, eso sí, a reventar hasta las trancas. Creo que me he pasado con la cena, pero mañana lo sabremos.

Empieza el asedio a los bastiones

He pasado el control de material con tiempo y después de hablar con varios amigos me cuelo en la segunda fila de la línea de salida. Anuncian que faltan unos minutos y ese tembleque que suele aparecerme en las piernas cuando estoy a punto de correr una gran carrera no aparece.

No te creas que no estoy nervioso, porque lo estoy, quedan muchas horas y grandes subidas por delante, pero más que nervios siento emoción y ganas de empezar. Soy un crío la noche antes de Navidad.

El tiempo es incierto y el nivel de corredores… bueno, asusta un poco. Me dicen que hoy corren unos buenos bichos. Eso me deja con una idea en mente, va a ser divertido correr y medirse con gente que tiene más nivel que yo.

En asfalto tienes el tiempo exacto de cada distancia, pero en la montaña, la única manera de saber tu nivel es repetir un mismo recorrido o tener referencias de cómo lo haces respecto a otros corredores (pese a que odie las comparaciones).

El año pasado hice una carrera muy buena sin pretenderlo, de menos a más hasta el final de la carrera y este año espero hacer lo mismo. Quiero llegar con fuerzas a la segunda parte de la carrera y recuperar parte del tiempo perdido en la primera parte, pero las cosas no salen para nada parecido a lo planeado y todo es culpa mía.

Cuenta atrás desde 10.

«Som-hi! Let’s go! Deu, nou, vuit, set…»

Me pongo los auriculares y empiezo a escuchar mi música. Suena esta canción de Ludovico y se me eriza el pelo. «Joder, qué ganas de empezar a correr…. ¡Vamos, vamos!»

Ya no escucho la cuenta atrás… me miro los pies y de repente todo el mundo arranca a correr como locos.

En los primeros cinco metros me cuelo delante de otro corredor y paso a primera fila y de repente me encuentro en la cabeza de carrera y tirando del grupo saliendo de Ribes de Freser. Busco un ritmo cómodo y al primer indicio de repechón saco los palos.

A partir de ahora toca mantener el ritmo y cuidar las piernas los próximos 18 kilómetros hasta el Puigmal, haciendo casi 2000 metros de ascenso. Si fuerzo demasiado en esta primera parte me puede costar la carrera… Es normal, uno va fresco y el cuerpo te pida vidilla, correr y correr, pero hoy no es mi caso.

Sigo en primera posición y me pregunto porque sigo delante si me siento tan cómodo. ¿Dónde está la gente? Repaso mentalmente: Respiración, piernas, ritmo… Pasan unos minutos más y se resuelven todas mis dudas. Primero pasa Ernest Ausiró (Buff) y después de unos minutos, estorbo a otro corredor que me pasa sin pestañear.

«Esto ya es más normal» pienso. «Deja que te pasen los que quieran. No te dejes llevar»

Durante unos instantes vamos los tres muy cerca pero el apretón del segundo al pasarme creo que le pasa factura y se desinfla un poco. Vuelvo a pasarlo y no vuelvo a verlo en toda la carrera.

Tengo la cabeza levantada y la mirada puesta en el primero. No quiero perderlo. «Carlos, este no es tu ritmo ¿Qué intentas?» Pero en mi cabeza ya busco excusas para darle forma a una descabellada idea, una que puede llevarme a reventar incluso antes de empezar, pero una vez está ahí, no soy capaz de quitarmela de la cabeza.

Voy a intentar seguirle el ritmo y recortar la diferencia que me ha sacado, a ver si consigo aguantar el tirón. Quiero probar a exprimirme.

El inicio del fin

Y con esa idea en mente, la de no perder el rastro a un corredor que sé a conciencia que es de un nivel superior al mío, decido arriesgar durante los primeros 8 kilómetros a expensas de que el esfuerzo me cueste la carrera.

No quiero engañarte. El ritmo no es sobrehumano, para nada, pero joder, cuando sabes que te quedan horas y horas por delante sabes que un ritmo como ese es insostenible y es la diferencia entre acabar dominando la carrera o revolcándote en el barro en los últimos kilómetros sufriendo como un perro. Sé que hoy vengo a exprimirme, sufrir y darlo todo, pero no tan pronto.

Intento darle caza en una larga pista en subida pero poco antes de llegar al primer avituallamiento, se me escapa sin esfuerzo. Me sorprende la facilidad con la que parece que sube. A su lado me siento como su opuesto, mucha menos elegancia y más fuerza bruta.

No tengo buenas sensaciones. Las piernas me pesan mucho y el gemelo izquierdo está como una piedra. Si llevo sólo 8 o 9 kilómetros y ya me siento así…

No quiero pensar en ello, pero se me pasa fugazmente la idea de que quizás hoy no es mi día y que por mucho que luche no va a ser una buena carrera. Quizás ni acabe…

Alejo rápidamente esa idea de la cabeza y empiezo a escuchar mi cuerpo.

De camino a Fontalba, al perderlo de vista, empiezo a relajarme y corro a un ritmo que me resulta mucho más cómodo. Me relajo y juego con el terreno, un sendero entre arboles que sube y baja continuamente.

Al dejar de apretar, las piernas ganan agilidad, empiezo a tararear la música que estoy escuchando y… me duermo en los laureles. Poco antes de llegar a Fontalba, me alcanza y supera el tercero, pero acabamos llegando juntos al segundo avituallamiento.

Repasando tiempos llego aquí, al km13 ¡15 minutos! antes que el año anterior. Es una verdadera burrada.

Ahí están Javi y Diego, los amigos que me hacen de soporte hoy. No sé como los he liado para pegarse semejante tute. Hace siglos que no cuento con ayuda en carrera, pero tenerles ahí me permite olvidarme de llenar los bidones, echarme las sales y centrárme en sólo una cosa: correr.

Además, saber que los voy a ir viendo cada dos o tres horas es una inyección de moral brutal.

Cuando me ven aparecer corren conmigo cambiando los bidones que llevo encima por otros ya llenos. Javi me dice que voy muy bien y le digo que hemos ido muy rápido, que ahora toca relajarse un poco.

Paso por Fontalba sin mirar atrás y empiezo a subir hacia el Puigmal. 4 kilómetros por delante y 1000m positivos hasta alcanzar la cima de 2940 metros. Se dice rápido, pero hacerlo ya es otra cosa.

La ultra ha salido una hora antes de la trail, así que hace un rato que voy pasando corredores de la otra distancia.

Por una parte es un inconveniente porque el ritmo más lento entorpece la subida del mío, pero hace muchísimo más amena la carrera. Saber que no eres el primero que pasa por determinados sitios y tener a gente que ir superando, te da un extra de motivación y chispa.

Si hace un rato pensaba que quizás hoy no era mi carrera, al subir hacia el Puigmal empiezo a disfrutar de verdad y miro fijamente la cima, muy lejos aún, con una sonrisa amplia y sincera. «¡Joder! Qué ganas de correr»

Sigo subiendo y pasando a corredores sin cesar. Miro una vez atrás pero ni rastro del tercer corredor. La escena de la subida es alucinante. Me siento bien subiendo pero me preocupa que me esté pasando de ritmo.

Hace bastante frío mientras subimos, pero abro los brazos y abrazo el viento helado, que más que perjudicarme me reconforta. Tengo frío pero sé que mantener la temperatura corporal más baja ayudará a retrasar los posibles calambres.

La subida es dura y voy cargado de piernas y no hay momento en toda la carrera en la que me sienta bien o fresco. Es una lucha total por llegar al final, sin embargo, decido aceptar esa sensación y correr con ella. Pese a eso, llego al Puigmal con la impresión de que todo ha pasado muy rápido, incluso superando la parte más vertical y rocosa, y casi sin darme cuenta… ¡Toca empezar a bajar!

Al llegar a la cima Ausiró me ha sacado 8 minutos y yo logro sacarle 2 minutos al tercero.

Después de unos minutos bajando vuelvo a dormirme en los laureles y el tercer corredor me recupera el tiempo ganado y me da una clase magistral de cómo hay que bajar. No estoy a su nivel, me falta agilidad, técnica, horas de práctica… Intento seguirle de cerca pero pienso que lo único que puedo hacer es fastidiar la carrera. Acepto la situación y pienso que ya lo pillaré un poco más adelante si tengo la ocasión.

Vamos muy juntos gran parte del descenso desde el Coll de Finistrelles pero antes de llegar a Núria ya lo he perdido de vista. Eso hace que vuelva a hacer mi carrera y siga mis ritmos en lugar de los de otra persona.

Y sorprendentemente llego a Núria con las piernas en buenas condiciones después de una bajada de unos 6 kilómetros y mil metros negativos. Es todo un logro con semejante trinchada.

Llego a Núria calmado, feliz y sonriente. Estoy disfrutando y sin casi darme cuenta ha pasado un tercio de carrera. Pero hay muchas preguntas en el aire… ¿Me van a pasar factura los primeros kilómetros? ¿Lograré alcanzar al segundo? ¿Vendrá otro corredor por detrás que haya estado gestionando mejor la carrera y me arrebatarán el podio? Sé que por detrás hay buenos corredores y sinceramente, sé que si me duermo mucho van a estar ahí para darme caza.

Llego al avituallamiento y de nuevo está ahí Javi y Diego, que me dan los bidones, me dicen que pase por el control, me acompañan para comer lo único sólido de todo el día (unas barritas Cliff) y salgo de allí pitando.

¿Estoy mirando el paisaje? Muy poco. Es más, voy tan acelerado, que las únicas caras que veo o reconozco son las suyas ¡y aún gracias! Todo lo demás se difumina a mi alrededor. Me veo los pies y las banderas amarillas y rojas que tengo que ir siguiendo. Voy tan concentrado en la competición que hay muy pocos momentos en los que realmente sea consciente de mi alrededor y disfrute de las vistas. Eso sí, los pocos segundos que lo hago, me cargan los depósitos.

A partir de aquí, quedan tres montañas más que superar. La primera era el Puigmal y el Pic del Segre, ahora vamos a por el Torreneules.

En la primera pista, antes de llegar el refugio de Pic de l’Àliga, veo ya al segundo y decido darle caza mientras engullo la barrita con dificultad para comer y respirar. Cuando consigo acabármela, me pongo manos a la obra y le doy alcance antes de llegar al avituallamiento.

Si en las bajadas me fulmina, en las subidas siento que mi ritmo es superior al suyo, sin embargo, mientras subimos, en un despiste marcho por un camino que no es y pierdo unos segundos que marcan una diferencia. Sé que esa cagada, el cederle otra vez la posición me puedo costarme el resultado. Se me escapa y ya no vuelvo a verlo hasta el final de la carrera.

Aún no lo he comentado, pero a estas altura, kilómetro 34 al llegar al refugio Coma de Vaca, ya he sufrido dos o tres bajones, el último por intentar recuperarle tiempo.

Mientras intento darle caza voy pensando «Va a petar, va a petar, va a petar…» pero segundos más tarde pienso «Voy a petar, voy a petar, voy a petar…». Pero a lo largo de la carrera, y de estoy me siento muy satisfecho, logro sobreponerme y pensar siempre en positivo. Cuando noto que me faltan fuerzas, pienso que es sólo temporal y que dentro de poco me sentiré mejor. Y así sucede una y otra vez. Es sólo parte del juego. Después de un bajón, vuelve un subidón. Y con eso en mente voy superando esa falta de fuerza, cansancio y horas sin dejar de apretar.

La subida hasta el Balandrau se me hace más larga que el año anterior y mientras la subo, estoy inmerso en unos de esos bajones. El cuerpo no tira, no tira, no tira… pero sin embargo no dejo de pasar a corredores de la Ultra, mirando el crono, entre los 12 primeros de la ultra llegando al Balandrau poco después de las 12 del mediodía. Mientras subo, voy mirándome los pies, inmerso en mi lucha con la fatiga y al llegar arriba, el chico del control me pregunta si estoy bien. Le sonrío y le digo que sí.

Antes de llegar aquí supero un tramo de niebla espesa y frío (que en ese momento agradezco) y la imagen es brutal. De repente, parece que sea de noche, está todo oscuro por el enorme nubarron en el que estoy inmerso y veo pasar las nubes a toda velocidad delante de mis ojos, esponjosas. Si miro a lo lejos puedo ver con algo de dificultad como en otras montañas del valle, la luz del sol ilumina sus lomas.

Cuando llego al Balandrau, siento que he superado gran parte de la carrera y la meta me parece cercana. Ya ha superado 4 de las 5 grandes subidas del día y aunque queda una bajada espectacular y superar la última cima, el Taga, ya huelo la meta.

En busca del final

Mientras subo para el Balandrau casi olvido que estoy en una carrera y por fin logro ese estado de trance que tanto me gusta. Dejo de pensar en competir contra nadie y simplemente corro. Como corredores, cuando cruzamos la línea de salida, correr es nuestro único compromiso y a veces, me gustaría dejar fuera a todos mis pensamientos mientras lo hago.

La bajada de Balandrau a Pardines son unos 11km con 1200 negativos en los que se puede correr mucho. Al revisar Strava, me sorprende conseguir el cuarto mejor tiempo en ese sector, teniendo en cuenta que iba más relajado que en el resto de la carrera.

El año pasado, aquí empecé a tener unos fuertes calambres que casi me dejan fuera de la carrera y esta vez, decido no apretar tanto, relajar las piernas e intentar llegar a Pardines vivo. Recuerdo perfectamente que me repetía eso mientras bajaba. «Llegar a Pardines con fuerza»

La realidad es que es fácil dejarse llevar porque corres cuesta abajo, por el lomo de una montaña muy verde, pisando hierba alta y esponjosa y saltando de un lado a otro intentando esquivar las irregularidades del terreno, que podría describirse como un campo de patatas cuesta abajo con mucha hierba.

A estas alturas el cielo, que está haciendo de las suyas, empieza a dejar caer algunas gotas casi imperceptibles contra mi piel. Me imagino que son pequeñas gotas que viajan dentro de esa niebla que trae el frío viento y no le doy la menor importancia, pero después de unos minutos así al final acaba por lloverme un poco y decido ponerme el impermeable como puedo mientras reduzco el ritmo.

Sólo unos minutos después deja de llover y me siento estúpido con eso encima. A mitad de camino en la bajada a Pardines paso un avituallamiento totalmente por lo alto y empieza una parte por una pista amplia. Es en esta pista en la que el año pasado corro junto a Toti y en la que veo por primera vez al tercer clasificado, y también donde empiezan los calambres.

Este año corro solo e intento no pasarme con el ritmo. Me encuentro a otro corredor de la ultra y por primera vez en casi toda la carrera, compartimos cuatro palabras mientras continuamos corriendo. Después de eso sigo a mi ritmo y me pierde el rastro.

Acaba la pista y finalmente llego al sendero que poco después me llevará a Ribes. Me pasa muy rápido, quizás porque siento bien las piernas y ya veo el pueblo al fondo. Después de llegar a Pardines sólo me quedarán 13km y +1000m positivos.

¡Y en la entrada del pueblo tengo mi motivación particular! Ahí están Javi y Diego en las que sin dejar de correr me preguntan qué tal estoy y me informan de cosas que no recuerdo, supongo que de la carrera. Me da igual todo, sólo sé que me alegro de verles las caras y me emociona que sean participes de esto. Yo debo ser un cuadro, pero a ellos casi se les ve más nerviosos que a mí.

Las calles de piedra de Pardines vuelven a recordarme un entreno que hice el año pasado con otro amigo, Jordi, y en el que después de una jornada de entreno, acabamos en Pardines con la esperanza de encontrar algo abierto para comer. Es un pueblo minúsculo, y esperando encontrar como mucho un bar, dimos con un restaurante estupendo donde comimos como verdaderos reyes. Era la primera vez que probaba un arròs de muntanya.

Salgo de Pardines volando y Javi me acompaña unos metros, su intención es hacer como entreno este último tramo y servirme de motivación. Hablamos un buen rato y después le digo que necesito silencio y concentrarme, guardar fuerzas. Hace mucho bochorno en esta parte y me cuesta bastante subir, o esa es mi percepción al estar él fresco y yo llevar semejante tute encima.

Mientras seguimos subiendo pasamos a varios corredores de la ultra lo que indica que tan mal no estoy y en lo único que voy pensando es en no perder el ritmo. En un momento de la subida al Taga, Javi se queda con un corredor de la ultra y yo sigo subiendo. Creo que he visto al segundo clasificado. Se me da un vuelco al corazón y pienso que ya lo tengo, pero cuando voy ganando terreno me doy cuenta de que era otro corredor de la ultra. He recuperado las piernas y puedo correr cuesta arriba sin pensármelo dos veces.

La última parte de subida al Taga es probablemente la parte más vertical de la carrera. Esta vez no sube por el habitual camino hasta el Taga, si no que lo hace directamente por el medio y en línea recta. Es una pared de hierba con una inclinación bastante fuerte y tengo que parar un par de veces para recuperar las piernas. Mientras subo me acuerdo en las madres de los organizadores por haber puesto semejante cuesta a estas alturas. Destrozado de piernas pero motivado por llegar allí, consigo alcanzar la cima del Taga, esta vez sin rayos ni granizo.

Javi me ha sacado tiempo subiendo aquí, pero cuando llego arriba y sé que faltan 6 kilómetros de bajada, cambio el chip y el cuerpo empieza a responder. Esta subida me ha dejado molido, no te engañes, pero ya veo la meta muy cerca. Mil metros de desnivel negativo (rompepiernas) y ya estaré en meta.

No me creo que realmente falte tan poco. ¿Puede que alcance al segundo? ¿Puede que el cuarto me siga los talones? No lo sé, pero empiezo a bajar y para cuando llegamos a la mitad del descenso, Javi ya se ha quedado atrás y corro solo a toda pastilla. Una vez el terreno deja correrse más, corro rápido sin temor de perjudicar a las piernas. Ya no hay nada más que conservar, sólo queda llegar a meta.

Empiezo a creerme que todo ha acabado y empiezo a creerme el resultado. Sólo sé mi posición, pero ni idea de mi tiempo. Corro una vez más sin reloj y quizás por eso todo ha pasado tan rápido.

Cuando llego al paseo que hay justo en la parte final de la carrera, ya en Ribes de Freser, ya sé que esto está hecho. Miro atrás sin ver a nadie, pero continuo apretando porque no hay nada más que guardar. Llego a la calle en subida antes de la meta y finalmente la tengo de frente…

Dos arcos hinchables y la meta al final. También un pasillo con una alfombra azul. Joder. Ya está. Y esta vez, al contrario que en otras ocasiones, pese al frenesí de toda la carrera, cuando siento que ya lo tengo… Echo a andar en los últimos metros.

Miro a mi alrededor buscando grabar esa imagen en mi retina. Quiero saborear el momento. Y así cruzo la meta, andando y tomando nota de todo.

La satisfacción de acabar es absoluta y la posición también, aún no me creo que haya conseguido volver a repetir semejante resultado contra tanto bicharraco… Es ahora, horas después cuando más o menos asimilo lo sucedido…

Pero después de la ducha, de comer un poco, de ver a Javi y el resto de amigos y la entrega de premios, me queda clara una cosa… La verdadera satisfacción no reside en el tiempo o la posición por sí misma, si no en la semanas antes de la carrera, en la experiencia de sobreponerte a las dificultades en plena carrera y sobretodo, la de vencer a tu yo interior, esa voz mental que algunas veces te pide parar o te pide que te rindas.

Este tipo de carreras tienen mucho de físico, pero creo que hay mucho más de mental y si de algo de estoy orgulloso es de cómo pese a notarme mal físicamente desde el inicio, supe darle la vuelta, aguantar el tipo y enfrentarme a todo lo negativo.

Si consiguiéramos aprender algo de todo lo que vivimos en estas carreras y aplicarlo en la vida, estoy seguro de que seríamos aún más felices. Me encanta este deporte.

2 comentarios en “El asedio a los Bastiones”

  1. FRANCESC ARIMANY

    Enhorabuena, carreron el tuyo y tiempazo, yo tardé unas horitas más que tu, pero la disfruté igual, seguro…un saludo

    1. ¡Muchas gracias Francesc! Enhorabuena a ti también.

      Bastions es una carrera increíble en un paisaje espectacular. Habría que repetirla cada año!

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